Casa Rosada. Presidencia de la Nación Argentina

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Carta de la Sra. Presidenta, leída por el Canciller en el acto de reconocimiento a la política de derechos humanos del Presidente Néstor Kirchner por parte de la Universidad de Padua

Distinguidas autoridades, profesores, alumnos y amigos de la Universidad de Padua.

Fue con enorme orgullo y alegría que tomé la noticia de que la ilustre Universidad de Padua había decidido reconocer por medio de un homenaje la política de Derechos Humanos que el Presidente Néstor Kirchner impulsó en la Argentina y, por medio de nuestras delegaciones en todos los foros internacionales, la transformó en una política de Estado que seguramente continuará caracterizando a mi país al margen de los gobiernos que los argentinos elijan en el futuro.

Sepan ustedes que el honor que hoy conceden se extiende también a todos los argentinos que lucharon y luchan para que los ideales de memoria, verdad y justicia sean una realidad. Estoy segura de que hoy, entre los muros históricos de esta casa, se atesora también el recuerdo de todos los argentinos e italianos secuestrados, torturados y asesinados en mi país en la última dictadura militar.

Le había pedido a mi hija Florencia que viajara a Padua para recibir el reconocimiento desde la representación institucional y el profundo agradecimiento de mi familia. Florencia, junto a toda su generación, encarna además a los jóvenes nacidos en democracia y, en su caso, a aquéllos que les tocó crecer en el seno de una familia marcada por el triste recuerdo de la dictadura. Desde niña escuchó hablar de los compañeros de militancia de sus padres desaparecidos, detenidos, exiliados. El horror de los años más oscuros de mi país no le resultó nunca ajeno.

Sin embargo, el dolor que siente por la perdida de su padre aun es muy profundo y la emoción del recuerdo muy intenso. Cuando leyó la proclama y la forma tan elogiosa de las luchas de su padre descriptas por vuestra Universidad sintió que aun no está preparada para sobrellevar una ceremonia tan conmovedora como la que ustedes han preparado.

Juntos con Florencia y mi hijo Máximo pensamos que como siempre repetía Néstor, él se sentía un hijo de las Madres de Plaza de Mayo y así es que entre todos le hemos pedido a una entrañable amiga, Vera Jarach, que reciba tan alta distinción en nombre del pueblo argentino y de la familia de Néstor Kirchner. Lo hacemos con la seguridad de que Vera, cuya hija Franca es una de aquellas jóvenes que por luchar por un mundo más justo aun permanece desaparecida, no solo nos representará como una verdadera madre sino, además, como un ejemplo de la lucha que Néstor siempre sintió era la forma de honrar la memoria de los miles de compañeros desaparecidos.

En uno de los momentos más recordados del discurso de asunción presidencial de 2003, Kirchner aseguró que no iba a dejar sus principios en la puerta de la Casa Rosada. Es importante tener en cuenta que para entonces, en mi país, las leyes de olvido y los indultos a los perpetuadores del terrorismo de estado se encontraban en plena vigencia. Muchos, en nombre de una falsa necesidad de dejar atrás el pasado y mirar hacia adelante habían optado por la consagración de la impunidad.

Pero Néstor Kirchner no había dejado sus principios en la puerta de la Casa Rosada y tributando el mismo espíritu que lo acompañó desde sus tempranas campañas políticas en la Provincia de Santa Cruz y que lo llevó a la máxima magistratura de mi país, trabajó desde el primer día como Presidente de los argentinos para desandar el camino de la impunidad y, porque miraba mucho más delante de aquéllos que propiciaron esconder el horror debajo de la alfombra, él apostó a la memoria, a la verdad, a la reparación y a la justicia, porque la que fue entonces la decisión más difícil era sin duda la mejor garantía para que la generaciones que nos siguen no volvieran a ser víctimas del terrorismo de estado.

Que en esta magna casa de estudios, una de las primeras universidades del mundo, donde surgió la ciencia moderna y las luces que iluminaron el progreso humano, se haya privilegiado el rol de los derechos humanos encarnados en esta ocasión por el aporte de un argentino, nos indica que el camino elegido a partir de 2003 fue sin dudas no solamente el más justo sino también el que más necesitaba la sociedad argentina.

Les escribo emocionada por tan importante reconocimiento que es un símbolo de esperanza y de paz venideras en Argentina y en todos los lugares donde la justicia se enfrenta al odio y lo vence. Me dirijo a ustedes también desde la vida de lucha y de convicciones compartidas con quien hoy es recordado, lo hago asimismo porque me recuerdo como aquella jóven de 18 años que comenzó a dar sus primeros pasos en la política combatiendo contra una dictadura y, a pesar de tantas perdidas de compañeros y compañeras secuestrados, torturados y asesinados, tengo la felicidad y el orgullo de ser ciudadana de un país en el que los crímenes de lesa humanidad no quedan impunes.

Permintanme concluir este mensaje repitiendo aquello que el Presidente Néstor Kirchner solía decirles a los jóvenes que se iniciaron en la política durante su gobierno: cuando se trata de los principios por un país mejor, la consigna es: Nunca Menos.

Muchas gracias.